-Esta novela refleja la tesis existencialista de que la vida carece de sentido. Su impasible protagonista, condenado a muerte por un absurdo crimen cometido sin ninguna justificación, se siente extraño ante la realidad que le rodea, como un extranjero en un país desconocido. Ello le lleva a asumir su muerte con indiferencia.
Un día Meursault va a la playa con Marie y su amigo Raymond. Este le cuenta una historia sobre unos árabes que están enemistados con él por un asunto con una mujer y que cree que le van a hacer algo malo. Los árabes encuentran al grupo en la playa; Meursault pide a Raymond su revólver para que no lo use contra ellos y cuando está solo, al ver a un árabe con un cuchillo, lo dispara a sangre fría, sin sentir nada especial hacia la víctima:
El fuego del sol ardía en mis mejillas y sentía las gotas de
sudor acumularse sobre mis cejas. Era el mismo sol del día
en que enterré a mamá y, como entonces, me dolía sobre
todo la frente y todas sus venas batían a un tiempo bajo
la piel. Esa quemadura que no podía soportar me hizo dar
un paso hacia delante. Sabía que era estúpido, que no me
desembarazaría del sol desplazándome un paso. Pero di
un paso, un solo paso hacia delante. Esta vez, sin
levantarse, el árabe sacó su cuchillo, que me mostró al sol.
La luz surgió desde el acero como una larga hoja
relumbrante que alcanzaba mi frente. En el mismo
instante, el sudor acumulado en mis cejas corrió de
pronto sobre los párpados y los cubrió con un velo tibio
y espeso. Cegaba mis ojos ese telón de lágrimas y de sal.
Solo sentía los címbalos del sol sobre la frente,
e instintivamente, la hoja relumbrante surgida del cuchillo
siempre ante mí. Esa ardiente espada mordía mis cejas
y penetraba en mis ojos doloridos. Fue entonces cuando
todo vaciló. Del mar llegó un soplo espeso y ardiente.
Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para
vomitar fuego. Todo mi ser se tensó y mi mano se sentó
sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el pulido vientre
de la culata y fue así, con un ruido ensordecedor y seco,
como todo empezó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí
que había destruido el equilibrio del día, el silencio
excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces,
disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se
hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro
golpes breves con los que llamaba a la puerta de
la desgracia.