Bacon desautoriza totalmente el saber tradicional, comprendiendo no solo la tradición aristotélico-escolástica (dominante aún en las universidades europeas) y el platonismo, sino las nuevas alternativas formuladas en el Renacimiento: la filosofía química de los seguidores de Paracelso y las corrientes empiristas. A las primeras les echaba en cara su carácter abstracto, desconectado de la realidad empírica, su esterilidad operativa, su estancamiento e incluso decadencia a lo largo de los siglos; a las segundas, su insuficiente base empírica, su búsqueda apresurada de resultados prácticos. De esta manera la Antigüedad quedaba deslegitimada en bloque; los modernos podían ser superiores si se decidían a deponer los ídolos, es decir, las falsas nociones procedentes de nuestra constitución individual (ídolos de la tribu o de la caverna), de la estructura misma del lenguaje (ídolos del foro) o de las falsas filosofías (ídolos del teatro). Estos ídolos o fantasmas de la mente impedían el conocimiento de la realidad.